Así somos los Pérez
- Carolina Pérez
- 8 feb 2018
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 9 feb 2018
Las luces, los árboles, las novenas y mucho más hacen que esta época del año sea mi favorita, pero lo que más me gusta de la navidad es poder compartir con mi familia ya que para mi ellos son donde la vida comienza, pero el amor nunca termina.

La llegada
Tocó el timbre y enseguida abre la puerta una mujer de una estatura promedio. Su color de tez es oscura como el chocolate, su cabello castaño -que le llega hasta los hombros-, unos grandes ojos cafés acompañados de unas largas pestañas que casi alcanzan sus cejas y sus labios -muy bien pintados de un rojo cereza- esbozan una sonrisa al ver mi rostro familiar el cual le hace decir: “ Hola mi amor, tiempo sin vernos”, me abraza y continuó saludando al resto de la familia. Cuando me siento escucho la voz de un hombre de casi dos metros- para ser exacta un metro con noventa- que con un tono sarcástico y burlón dice : “En esta casa no dan ni un tinto”, mi tía, Martha, al escuchar esto grita desde la cocina:”¿Quién quiere tinto?” de inmediato veo en el aire diez manos negras levantadas dando a entender que ellos quieren tinto, veinte minutos después mi tía, Martha; llega con una bandeja llena de tintos, cada uno coge su pocillo y escuchó que mi papá dice: “El de Carlos es más grande, claro como él es el niño consentido”, mi tío, -el hombre de dos metros-, suelta una carcajada y enseguida cambian de tema.
La cena de navidad
Ocho y treinta de la noche de un veinticuatro de Diciembre, ha pasado aproximadamente cinco horas desde que llegué al pequeño apartamento de mi tía , aunque pensándolo bien no es tan pequeño pues en él caben treinta personas.
Un árbol de navidad que probablemente no alcance el metro y medio, ardor nos por todos lados y la mesa llena de comida navideña. Buñuelos, natilla -la mejor que he probado en mi vida pues la prepara una de mis tías-, un arroz de leche -que probablemente sea el único que en realidad me gusta-,y como buena familia Colombiana el trago no puede faltar. Pero hay algo que espero más que nada, y aunque muchos podrían pensar que lo que espero con ansias es el pavo y el pernil, pues no es así, lo que realmente ansío es el pastel chocoano ( un pastel de arroz que a diferencia de los demás que son típicos del chocó) que preparan mis tías. Mientras todos disfrutamos de este delicioso manjar, la menorcita de mis tíos dice entre sonrisas: “Esta es la única forma de mantenerlos callados, vea eso, parecen don orozco mientras como no conozco”.
Después de la comida llegan las risas, los chistes, el momento de ponerle sabor y picante a la vida, en ese momento me doy cuenta que estoy en mi lugar favorito con la gente que más amo o como digo yo “ Con el mejor regalo que me pudo dar Dios”
Con una sonrisa siempre en el rostro
Faltan cinco para las doce, falta poco para que la navidad acabe y ya casi es momento destapar la navidad, todos reunidos con una copa de champaña en la mano, esperando el momento en que el locutor de tropicana por fin termine la cuenta regresiva para finalmente poder decirnos feliz navidad.
El reloj marca las doce en punto y todos gritamos feliz navidad al unísono, nos ponemos de pie y nos abrazamos y es ahí cuando me doy cuenta de que algo cambió mientras nos abrazamos, ya no estamos sonriendo como siempre, levantó la mirada para decirle a mi madre feliz navidad y veo que sus ojos dicen lo mismo que los míos, miro a mi alrededor y todos miramos al cielo, es tiempo de decir feliz navidad, feliz navidad a ese par de angelitos que ahora nos acompañan desde el cielo y aunque ese pequeño apartamento se torno triste por un momento nos miramos los unos a los otros y recordamos que están mejor alla que aca.
Nos secamos las lágrimas y es ese preciso momento cierro mis ojos y me recuerdo que no hay mejor regalo que los que estamos en este apartamento, empiezo a dar gracias porque a pesar de las pérdidas seguimos juntos o como dicen mis hermanos “siempre estamos los unos para los otro sin importar que”. Recuerdo que sin ellos mis hermanos y yo no seriamos lo que somos y a pesar de que provenir de una familia afrocolombiana no es fácil; juntos hemos logrado superar el racismo, la soledad, las tristezas y las hemos cambiado por risas, alegrías, bailes, chistes, unión y fuerza, creo que algo que alguna vez mi hermano me dijo es cierto "si le cambiáramos algo a nuestra pequeña familia, ya no seriamos los Perez seriamos otra familia más".
Siempre que la gente o alguien me pide hablar de algo que me gusta o algo de lo que más sepa, estoy segura de que de alguna u otra forma siempre voy a hablar de ellos, de ese montón de negros y de esos escasos puntos blancos -así le decimos a los blanquitos de la familia- que hacen que me sienta orgullosa de lo que soy y de lo que ellos han contribuido para lograr que yo sea así. Unión, amor, entrega compromiso, lealtad, honestidad, respeto y mucho más es lo que ellos me han enseñando, pero sobre todo me enseñaron que pase lo que pase siempre debo de tener una sonrisa en el rostro, porque los negros somos los del sabor.






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